PELLIZCOS DE REALIDAD
El pasado día 2 de julio, esta fotografía cumplió la friolera de 31 años exactamente. ¿Qué decíamos del tiempo? Para tomarla, mi padre me arreó un pellizco bien fuerte en el brazo, sólo porque le hacía ilusión hacerme una foto llorando. Y vaya si lloré, desconsoladamente, porque no entendía por qué sin venir a cuento, tan feliz que yo estaba, le apetecía causarme tanto dolor a traición. Mi propio padre, alguien de mi sangre, desde dentro de mi propio núcleo afectivo.
31 años después vuelvo a tener la misma sensación. Es como un déjà vu programado con alevosía y nocturnidad, con el único propósito de recordarme que aún pueden causarme dolor desde lo más hondo de mis afectos. Y sí, también el desconsuelo ha vuelto a ser monumental. Duele, pero no me avergüenzo. Es que al contrario de lo que piensan la mayoría de ustedes, los hombres, los hombres de verdad, también lloran.
31 años después vuelvo a tener la misma sensación. Es como un déjà vu programado con alevosía y nocturnidad, con el único propósito de recordarme que aún pueden causarme dolor desde lo más hondo de mis afectos. Y sí, también el desconsuelo ha vuelto a ser monumental. Duele, pero no me avergüenzo. Es que al contrario de lo que piensan la mayoría de ustedes, los hombres, los hombres de verdad, también lloran.




